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TalCual ( Venezuela, castellano) 2010

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No me voy a morir de viejo en Viena

 

"Cuando salgas a la calle, cómprame un helado", dice Melf Esparragoza a través del teléfono, desde  Viena, cuando reconoce con    nostalgia a miles     de    kilómetros de distancia— la tradicional  cancioncilla infantil de helados que todo niño venezolano ha aprendido a  seguir como al flautista de  Hamelin. Melf es un reconocido joven artista plástico venezolano radicado en Viena, Austria, que ha  realizado  todo un periplo vital desde Sabana Grande -donde fungía como pintor de paisajes- hasta la ciudad  de Strauss y del idílico parque del Prater. 

VENEZOLANOS EN EL MUNDO 


No me voy a morir de viejo en Viena



EZEQUIEL BORGES



"Cuando salgas a la calle, cómprame un helado", dice Melf Esparragoza a través del teléfono, desde Viena, cuando reconoce con nostalgia —a miles de kilómetros de distancia— la tradicional cancioncilla infantil de helados que todo niño venezolano ha aprendido a seguir como al flautista de Hamelin. Melf es un reconocido joven artista plástico venezolano radicado en Viena, Austria, que ha realizado todo un periplo vital desde Sabana Grande -donde fungía como pintor de paisajes- hasta la ciudad de Strauss y del idílico parque del Prater. 

Sus credenciales son de peso: en el año 2002 realizó una exposición individual en el Congress House, en Salzburgo, Austria; en el 2003 se presentó en el Instituto Latino Americano, Viena, Austria. También ha participado en colectivas invitacionales: en el 2010, se presentó en la Bienal Internazionale dell’Arte Contemporanea, Florencia Italia; en el 2006 fue Invitado al Salón Europa en el Museo de Arte Joven; en el 2005 expuso en el Centro Cultural, Galería Caisa, Helsinki, Finlandia; en el 2004 en el Festival Internacional Bienal de Dibujo y en Retrato-Graphic’04, Tuzla, Bosnia y Herzegovina; en el 2003 en Budapest, Salón de Arte Venezolano en. Fundación Cultural de Hungría, Budapest. Esta semana ha expuesto en un reconocido lugar en Viena, Soho, Ottakring. 

—¿Cómo aterrizaste en Europa?—Bueno, porque yo estoy en Europa desde el año 2000 pero había venido una temporada en el 91 que me había marcado el destino. Yo pintaba paisajes en Sábana Grande. Eran paisajes que eran como cheques al portador: yo los pintaba y se vendían inmediatamente. Al mismo tiempo, realizaba un trabajo más experimental. Entonces, me conseguí con un francés que estaba de paso y me compraba cuadros. Un día me dijo que por qué no me iba a Europa a mostrar mis cuadros y me dio una tarjeta con sus señas. El nunca pensó que yo, en realidad, me le iba a aparecer en su casa en Marsella. Me fui a Europa con 30 dólares en el bolsillo. Se sorprendió mucho al verme. Estuve una semana en su casa y luego se empezaron a presentar los problemas porque su esposa le dio un ultimátum: o ella o yo. El me ubicó: "tu puedes llegar a esta isla, la isla de Frioul, que está cerca de Marsella, y ahí puedes intentar vender tus cuadros y desarrollar tu trabajo". Y bueno, me fui para allá y me quedé 3 meses. 

—¿Todo esto con 30 dólares en el bolsillo?—Sí, 30 dólares solamente. Hoy en día me parece increíble. Bueno, cuando yo llego allí, me consigo a una persona —un francés de origen español—, en el pequeño bulevar que hay en Frioul, que me pregunta que de dónde soy. A mí me habían dicho en Venezuela que en Europa me iban a tratar muy mal con sólo que dijera que era venezolano. Yo me llevé eso en la cabeza. En el momento que él me pregunta "¿de dónde eres tú", yo le digo con una sonrisa: "yo soy español". Y el tipo me dice: "No puede ser. ¿Español? Si mi padre es español". Yo estaba muy nervioso porque yo pensaba: "este señor de verdad creerá que yo soy español?" Total que el tipo me hace una invitación a cenar en su casa y cuando llegué me tenía preparado un banquete con muchísimos platos. Una cosa opípara. 

—¿Todo porque eras español?—Sí, esa relación me abrió muchas puertas. Por otro lado fue muy cómico. En un momento dado él me pregunta: "¿y tú dónde vives en España? Y yo le digo que vivo cerca del barrio chino en Barcelona. Imagínate, yo, que no conozco Barcelona. Por pura casualidad, todo coincidía. "Pero, si de allí es mi papá. Tú tienes que conocer a mi papá", me dice el tipo. Y resulta que el papá, que vivía en Barcelona y sí era español, llegó unos días después. Era muy callado, muy tranquilo. Él me lo presenta y yo le digo: "mucho gusto, ¿cómo está?". Yo ponía un acento inventado, claro, porque me decía: "bueno, ahora tengo que ser español, porque si a este tipo le digo que soy venezolano me asesina". Yo ya había entrado en el papel de que yo era español y pasé esos 3 meses haciendo ese papel. En realidad, eso me ayudó muchísimo porque a través de ese señor conseguí vender mis cuadros con la gente de la isla, incluso me mandaban a hacer publicidad gráfica de las tiendas. 



—¿Y cómo te estableciste en Viena? —Es que a partir de ese viaje en el 91 yo me quedé con el gusanillo de que tenía que irme a vivir a Europa. Yo regresé a Venezuela pensando cómo irme más organizadamente. Y la oportunidad se me presentó en el año 2000 con la Feria de arte internacional de Hannover, Alemania, en la que trabajé como artista en el pabellón venezolano. La feria duró 9 meses. La venida a Viena se le presentó a mi esposa, es traductora alemán-inglés-español, es así como decido irme y establecerme en Europa. Abrirse paso aquí no es nada fácil en general, debo mencionar que Austria tiene el mayor numero de artistas per capita de Europa. A pesar de esto, no me he encontrado con grandes obstáculos, creo que por el contrario he logrado concretar algunos proyectos de forma exitosa 

—¿Cómo es el vecindario en donde vives? —Totalmente tranquilo, bueno, en realidad, toda Viena es tranquila. Mi calle se llama Vorgartenstraße, la calle del jardín delantero, una calle llena de árboles muy altos. A un lado está el parque del Prater, y del otro lado tengo al río Danubio, que es el segundo río más largo de Europa, después del Volga. Cerca están también las Naciones Unidas. Sobre su gente, son muy reservados y conservadores. Por lo general no te ven a la cara cuando caminas por las calles, para hacer amigos te tardas alrededor de un año, pero eso sí, son muy correctos y puntuales. La palabra vale mucho aquí, igual que un documento o un contrato firmado. Te consigues por supuesto gente de todo tipo. Austria es uno de los países mas seguros del mundo. En este vecindario no hay mucho latinos. La comida austriaca, en realidad, no es muy variada. Cerca de mi casa, en el Prater, está el Schweizer Haus una restauran que ofrece comida típica austriaca: rodilla de cochino, cerveza de diferentes tipos y tamaño -hasta un litro.Si te vas a Hungría verás enseguida la diferencia en la variedad de la comida local. Además, te voy a decir una cosa, aquí te puedes conseguir una pizzería que se llame Pizzería Venecia, y cuando entras los que trabajan allí son turcos. 

—¿Es difícil ser inmigrante en Austria? —Sí. Aquí, dentro de mi visión, las razones por las cuales mucha gente no se queda son: primero es el frío. Aquí el frío es muy fuerte, hasta 17 grados bajo cero, con brisa, pica en la cara. Y el invierno es muy largo. Lo segundo es el idioma, el alemán, que es difícil. Y lo tercero es la gente, la gente es muy fría. Los austriacos son muy cómodos, no están acostumbrados a pasar trabajo. Tu te encuentras viejitos que andan caminando solos por la calle y le preguntas por sus hijos y ni siquiera saben dónde viven. Imagínate hasta que punto llega esa frialdad. Hasta en la familia. Incluso, cuando estás caminando en la calle, nunca te ven a la cara, siempre ven al piso o a un lado. La gente va en lo suyo. Tu sientes también que cuando te hablan están hablando golpeado, es muy fuerte la manera de hablar. Muchas veces tu ves que se consiguen amigos en la calle y tu crees que se están agrediendo por la manera de hablar. 

—¿Tú has sentido algún maltrato es Austria? —Yo no he sentido hacia mí ningún tipo de mal trato. No sé si, de repente, yo paso desapercibido porque me ven y creen que soy austriaco. Me mezclo con ellos y no se dan cuenta. Más de una vez me lo han dicho: "¿Tu eres austriaco?". Cuando empiezo a hablar se dan cuenta, claro. Yo no he sentido, en general, ese rechazo. Pero hay gente que me cuenta que sí, que incluso cuando los ven en la calle los ven feo o les hablan golpeado. Hay como una especie de racismo muy pasivo. Pero se siente. Bueno, también tiene que ver con que el propio extranjero que llega, no todos, no se porta a la altura. Quizás por eso los austriacos tienen el estereotipo de que uno siempre llega tarde, es desordenado, etc. Tienen esa mala imagen del extranjero en general y del latino en particular. Ellos piensan que todos somos así. Y se comparan con ellos que son muy correctos, todo preciso, las cosas tienen que ser a la hora. Tu te puedes tardar un año en hacer un amigo aquí y perderlo un segundo. Simplemente porque él te cito a una hora y no llegaste justo a esa hora. Así de simple. Son muy exigentes. 

—¿Eso no te ha pegado? —Fíjate que yo no me he concentrado en eso. Yo acepto el frío, el idioma y la gente. El país no te puede dar todo lo que tú pides. De alguna manera, tienes que sacrificar ciertas cosas para obtener otras. ¿Cuáles son las otras? La seguridad, el país es muy ordenado, aquí la palabra se respeta. Si tú dices: "yo vengo mañana", es así. El transporte, por ejemplo, es muy eficiente. Yo no podría decir que llegué tarde o no llegué porque se me espichó un caucho. Eso no te la va a creer nadie. El transporte es tan preciso y tan variado que no tienes excusa alguna para no llegar. Otra cosa es que el seguro médico es obligatorio, si tú no tienes seguro es porque estás ilegal. Yo, además, tengo la ventaja de ser artista y el ser artista aquí se respeta mucho. La gente aquí acude a las salas de arte, se valoriza mucho el arte. Mis amistades aquí todos son artistas plásticos, más que todo austriacos. El país te ofrece tantas cosas, tantos beneficios, que compensan las desventajas. No lo puedes tener todo. 

—¿Vienes a Venezuela con regularidad? —Cada 3 años, más o menos. Pero es muy impactante saltar, de repente, de lo organizado que estás aquí a un país desorganizado. Cuando vives en Venezuela no te das cuenta, te acostumbras. Pero cuando regresar te preguntas: "¿cómo podía vivir yo en ese caos?" Yo comparo, por ejemplo, la limpieza que hay aquí en Viena en la calles con las calles de Caracas. El hecho de que las cosas funcionan y funcionan a la hora, sin retrasos. Por ejemplo, en Venezuela tu te paseas por Los Palos Grandes y tu ves que los árboles han roto las aceras. Yo lo sufrí. Me fui con mi hija en su coche y vas como en un rally, tienes que estar esquivando cosas. De repente te consigues con una cabilla atravesada. Normalmente la gente agarra a su muchacho y se monta en un carro. Incluso en las mismas urbanizaciones hay un desorden muy grande. La ciudad de Caracas es poco amable, para decir lo menos. Por eso tu haces como una balanza: "mira donde yo vivo y mira donde yo vivía antes". 

—¿Regresarías a vivir en Venezuela? —Teniendo en cuenta lo que te dije antes, no. Yo me iría a otra ciudad, a cualquier otra. Lo que sí te digo es que yo no me voy a morir de viejito aquí en Viena. 

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